objeto cotidiano

Yanagi, Soetsu

La belleza del objeto cotidiano

2020, Barcelona
Editorial Gustavo Gili

Elegí leer la belleza del objeto cotidiano de Soetsu Yanagi porque quería ver alguna visión sobre la  filosofía japonesa, pues se que en Japón valoran la vida a largo plazo, En el libro Soetsu Yanagi habla  sobre lo que para él es la buena artesanía, y me llama la atención cómo dice que la belleza de un ob jeto no está en lo caro que sea ni en cómo se ve, sino en para qué sirve y como esto nos conecta con  lo cotidiano. Me gustan las historias que cuenta de su museo, el cómo compraba cosas super baratas  que nadie quería pero que luego empiezan a tener valor. También habla de los patrones inspirados  en la naturaleza, y dice que no tienen que copiar la realidad, sino que tienen que transmitir su esen cia y alegría. Me hizo pensar en que vivimos llenos de cosas superficiales, que buscan solamente  llamar la atención, y el valor que eso le da a la sencillez y la autenticidad. Me gustó leerlo porque me  transmitió tranquilidad pero sobretodo profundidad y me enseñó también a ver los objetos sin juz garlos, porque es así cómo podemos capturar su esencia real. Lo recomiendo si quieres leer algo que  te aporte cosas no solo para la carrera sino para tu vida.

RESUMEN

El libro La belleza del objeto cotidiano de Sōetsu Yanagi se publicó por primera vez en 1926 y originalmente era una serie de ensayos que con los años se fueron juntando hasta formar la obra que  conocemos hoy. Yanagi (1889-1961) pasó gran parte de su vida viajando por Japón buscando artesanías, porque junto a sus amigos desarrolló un gusto especial por las cosas que se producían en su  país. En este libro habla sobre lo que para él es la buena artesanía, cómo reconocer un buen objeto,  sus características y su desarrollo. 

Yanagi habla sobre el concepto del “mingei“, que significa min (pueblo) y gei (artesanía): artesanías  del pueblo. Este término se utiliza para describir objetos creados por artesanos que son anónimos y  que hacen estos objetos para el uso cotidiano del pueblo. Estos objetos nacen con una imagen pulcra,  pues su finalidad radica en ser útiles, poniendo así en segundo plano el hecho de que sean pretenciosos, por ejemplo, muy ornamentales o simplemente superficiales. Esto es así porque nacen de una  necesidad, no de un deseo, por lo que son objetos que él mismo describe como humildes, pero sobre  todo honestos, características que son sacadas de la naturaleza, pues esta es la máxima exponente de  estos principios. Estos son los principios por los que, según Yanagi, se rigen los buenos objetos. Un  objeto que se hace con el propósito de que cumpla bien su función es algo que además es bello por  naturaleza. También sostiene que para hacer que el movimiento Mingei vuelva a ser una tendencia  natural y cierta, tiene que empezar por las artesanías locales. Como un trabajo remoto, de esta  manera las artesanías empezarán a tener un rol económico, por ejemplo, en villas en las que se  siembra, pues allí los trabajos siempre son bienvenidos y las artesanías deben adaptarse a las necesidades actuales, no quedarse en lo que han sido siempre. 

A lo largo de todo el libro, Yanagi también critica la visión moderna salida de Occidente, pues el  mundo industrial y aristocrático empieza a darle una connotación mucho más superficial a los  objetos. Este mundo concibe la belleza como algo asociado al lujo y la ostentación, y lo que expone  Yanagi va totalmente en contra de esta visión, porque para él la belleza verdaderamente se encuentra  en lo común y diario, en lo que no necesita llamar la atención para poseer un valor real. Dice que los  objetos bellos no son los más caros, sino los que acompañan el paso del tiempo con honestidad. Esto  se ve, por ejemplo, cuando habla sobre las cerámicas coreanas, pues expone que reflejan la trágica  historia del país; son objetos que están hechos para acompañar la soledad de los coreanos, que han  estado sumidos en guerra a lo largo de toda su historia. 

En cuanto a la producción de los objetos, Yanagi cree que debe ser seriada, porque es cuando se  trabaja en grupo que nace una industria con valores. Si se hace de manera individual, puede servir  como inspiración, pero al final es necesario crear cosas que puedan repetirse. También dice que los  artesanos necesitan una figura guía, alguien que les marque un rumbo, porque si no la tienen, traba jan sin un fin claro, como si fueran a ciegas. Para él, la repetición simboliza procedencia, y de esa  repetición surge la perfección técnica. Yanagi explica que es precisamente la repetición la que libera  a los artesanos de su propio pensamiento, y esa libertad es la que permite que aparezca la verdadera  innovación. Por eso, las artesanías que nacen desde ese estado tienen madurez y, por tanto, belleza.  No como las que salen de las máquinas, que solo pueden crear una belleza con un estándar, una  belleza más bien fría. 

Para Yanagi, un buen objeto tiene que estar profundamente conectado con la naturaleza, primero  porque es de esta forma que se acerca a la practicidad, pues la lógica natural desarrolla sistemas  cuando los necesita: no son adornos ni estética; y, por otra parte, porque la naturaleza es bella, no  tiene ni más ni menos, sino lo necesario. Este balance hace que las cosas que desarrolla estén en  consonancia con su fin. 

En el capítulo “La belleza de lo misceláneo” (1926), Yanagi habla sobre cómo el hábito nos aleja de  ver lo que realmente son los objetos, porque solo con la distancia podemos valorarlos de verdad.

Por eso, muchos buenos objetos han sido menospreciados con el paso del tiempo. Ahora, en un momento en el que todavía no sabemos bien dónde estamos, este nuevo mundo nos permite mirar el pasado  de otra forma y entender el presente desde otra perspectiva. Eso nos da el poder de ser jueces, algo  que no deberíamos desaprovechar, porque solo así podemos aprender a valorar los objetos por lo  que realmente son. 

En el libro también se habla mucho sobre los maestros del té, pues se expone que ellos fueron los  primeros en valorar las artesanías japonesas, con sus defectos, que supieron ver que eran parte de la  belleza natural que se desarrollaba en este país. Estos maestros influyeron en la sensibilidad estética  japonesa, cosa con la que está alineado el autor, que además piensa que esto ayudó a valorar expresiones artísticas antes ignoradas, como las cerámicas coreanas. 

Otro tema fundamental del libro son los patrones decorativos. Yanagi dice que estos no deben ser  representaciones literales de la naturaleza, sino que tienen que capturar su esencia, su vitalidad.  Pone como ejemplo el bambú, exponiendo que un buen patrón no busca una reproducción exacta,  sino algo así como una representación de su espíritu. De este modo, el patrón se convierte en una  visión de la sensibilidad humana. Esta idea se alinea con la noción de que el arte verdadero no con siste en copiar, sino en comprender. Según Yanagi, los buenos patrones son los que pertenecen a  todos, por eso tanto los patrones como las artesanías van de la mano. Hay una parte del capítulo  sobre los patrones que dice explícitamente que los patrones son una forma de “no decorar“, pues no  pretenden ser ornamento ni estar recargados, sino acompañar al objeto siendo ambos uno solo.  Cuando el material del objeto combina con el patrón, el resultado de estos nunca será erróneo. 

En sus escritos, Yanagi demuestra genuinamente que tiene una profunda sensibilidad por las artesanías; considera que la creación de objetos es un acto espiritual que refleja la relación entre el ser  humano y la naturaleza. Cuando un objeto es fabricado con respeto por su función y con amor por el  oficio, es portador de una belleza intrínseca que, según él, además solamente se puede conseguir  cuando se desarrolla en conjunto, pues de esta manera carece de individualidad, cosa que también  menciona en varios momentos a lo largo del libro. Piensa que los artistas que trabajan solos no  llegan a la perfección que necesita un objeto artesanal, por eso el objeto artesanal tiene que ser  seriado: solamente así es como llega a acoger esa humildad del artesano, que no es consciente de  que lo que hace a diario tiene el valor de años y años de práctica. Por eso, su crítica hacia la producción industrial y el consumo masivo es una llamada de atención sobre cómo la pérdida de conexión  con el hacer manual ha vaciado de sentido muchos de los objetos que nos rodean. 

Todo lo que Yanagi explica en el libro también se refleja en las anécdotas que cuenta, como cuando  crea su museo. Ahí deja claro que no le interesa enseñar objetos caros o pretenciosos, y que todo lo  que expone son piezas que compró a precios muy bajos, porque antes de que él las descubriera eran  objetos infravalorados por la gente. Incluso cuando inaugura el museo, recibe críticas duras, ya que  muchas personas piensan que solo expone productos baratos. Pero, más allá de la apariencia, Yanagi  sigue con su propósito. En una ocasión incluso adquiere una pintura firmada por un artista famoso,  aunque insiste en que no la compró por el nombre; de hecho, no sabía que la pintura era del autor,  sólo le llamó la atención la calidad que transmitía la obra. 

En conclusión, La belleza de los objetos cotidianos es un libro que expone una visión muchísimo  más humana sobre los objetos artesanales y su creación. Sōetsu Yanagi defiende la idea de que la  verdadera belleza no se busca, sino que aparece cuando las cosas se hacen bien y con un propósito.  Su mensaje trasciende para la creación en general en cualquier contexto y se convierte en un mensaje sobre la ética de la forma en que vivimos y producimos. Pone en valor lo común, la humildad y la  importancia de la función como base más que sólida de la estética. En un mundo dominado por el  corto plazo y la imagen, su pensamiento expone lo realmente esencial de las cosas: encontrar belleza en lo sencillo, en lo útil y en lo profundamente humano, pues eso es todo lo que somos.

Reseña de:
Isaac Rojas Nogueira

D2PAT 2025-26. Diseño de producto, EASD València

Asignatura: Historia y Cultura del Diseño de Producto.

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